Reflexión sobre la Política en Chile: "un Viaje Personal entre ideas y realidades

 Reflexión sobre la Política en Chile: “un viaje personal entre ideas y realidades” 

Desde muy joven, la política ha ejercido una fascinación profunda en mi ser, concibiéndola no como una mera contienda por el poder, sino como el complejo y dinámico tejido de acciones colectivas deliberadamente orientadas hacia la formulación de decisiones que impactan de manera directa e indirecta en la vida de cada uno de los miembros de nuestra sociedad. Esta comprensión temprana se nutrió de las conversaciones familiares y de la observación del acontecer nacional, sembrando en mí una semilla de interés que germinaría con el tiempo. 

Mi niñez se desenvolvió bajo la sombra de la experiencia de un padre marcado por el dolor y el sufrimiento padecido en Pisagua durante un período oscuro de nuestra historia. Su visión del mundo, forjada en la adversidad, se presentaba ante mí como un dogma, una única vía de pensamiento y acción a la que debía someterme sin cuestionamiento. Sin embargo, una innata curiosidad y una sed insaciable de conocimiento me impulsaron a explorar perspectivas más amplias, a dirigir mi mirada tanto hacia la derecha como hacia la izquierda del espectro ideológico. En esa búsqueda, logré discernir la trascendencia histórica y el profundo significado del "No" en un momento crucial para el destino de nuestra nación. Como adolescente, creí con fervor en los discursos que resonaban con mis propios ideales de justicia, libertad e igualdad. No obstante, el transcurrir de los años y la acumulación de vivencias me permitieron comprender la intrincada complejidad del panorama político, con sus múltiples actores, intereses y matices, tal como lo evoca la sabiduría popular en el dicho bíblico "hay de todo en la viña del Señor". En este intrincado escenario, he llegado a la convicción de que lo fundamental reside en la solidez e inquebrantabilidad de los valores individuales, aquellos principios éticos que trascienden las líneas divisorias partidarias o la

influencia de figuras individuales, por carismáticas que sean. La integridad personal se erige, así, como la brújula esencial para discernir el camino correcto, para distinguir entre lo justo y lo injusto en el laberinto de la vida política. A lo largo de mi trayectoria vital y profesional, he tenido la valiosa oportunidad de conocer a personas admirables y comprometidas en diversas corrientes ideológicas, individuos que, a pesar de sus diferencias de pensamiento, comparten un profundo sentido de la ética y un sincero deseo de contribuir al bienestar común. De igual forma, lamentablemente, he sido testigo directo de la ambición desmedida y la falta de escrúpulos de individuos cuyo único objetivo parece ser la consecución y el mantenimiento del poder, sin importar el daño colateral que puedan causar en su despiadada búsqueda. 

Paradójicamente, en no pocas ocasiones he presenciado cómo las circunstancias de la vida, aquello que algunos denominan destino o incluso karma, parecían obrar de manera misteriosa en la existencia de muchas de estas personas, sin que fuera necesaria mi intervención o la de otros. He visto cómo las acciones egoístas y la falta de empatía terminaban generando consecuencias inesperadas para sus perpetradores, reafirmando en mí la creencia en una justicia trascendente que, aunque a veces esquiva a la comprensión inmediata, finalmente se manifiesta. 

De todas las valiosas lecciones que he atesorado a lo largo de mi camino, una en particular se ha grabado en mi memoria con una intensidad especial: a menudo, los mayores males y obstáculos al progreso no provienen de las altas esferas del poder, sino que se incuban y se propagan en los mandos medios de las organizaciones e instituciones. Son esos intermediarios, esos "que bajan mal la información", quienes, movidos por el temor visceral a perder sus pequeños pero significativos privilegios, paralizan iniciativas, distorsionan directrices y obstaculizan el flujo eficiente de las decisiones. Son estas posiciones ambiguas y, en muchos casos, carentes de la transparencia y la rendición de cuentas

necesarias, las que, desprovistas de escrúpulos y motivadas por la defensa a ultranza de su statu quo, no dudan en lastimar y perjudicar a otros, utilizando la información de manera sesgada o incompleta para mantener su cuota de poder. Esta profunda reflexión emerge con fuerza en un momento crucial de nuestra historia colectiva, un instante en el que las decisiones que tomemos como sociedad tendrán un impacto significativo y duradero en nuestro futuro. Es en este contexto donde resulta especialmente doloroso constatar cómo muchos de nuestros seres queridos, influenciados por información errónea o por promesas vacías, han errado en sus elecciones, comprometiendo no solo su propio bienestar, sino también el de la comunidad en general. 

Por todo lo expuesto, insisto con vehemencia en la trascendental importancia de la información veraz, del pensamiento crítico y de una sólida educación cívica para todos los ciudadanos. En estos tiempos de incertidumbre y polarización, se vuelve imprescindible analizar a fondo y con detenimiento no solo la figura del candidato o la candidata en sí, sino también la calidad ética y profesional del equipo humano que lo rodea. Es fundamental evaluar si esa persona posee la fortaleza de liderazgo necesaria para mantenerse firme en sus convicciones y principios, resistiendo las presiones e influencias externas que inevitablemente surgirán en el ejercicio del poder. Y, sobre todo, es crucial discernir si existe una voluntad real y genuina de cumplir las promesas que realiza en campaña, o si estas no son más que estrategias vacías destinadas a captar votos sin un compromiso real con su implementación. Solo a través de un ejercicio de ciudadanía informada y responsable podremos construir una sociedad más justa, equitativa y próspera para todos. 

fraternalmente 

Jacqueline Canales Guzmán 

mayo 2025


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